En sociedades industrializadas

Viviendo en un contexto cultural donde lo natural ha cedido demasiado terreno a costumbres cada vez más distantes de nuestras necesidades genético-evolutivas (y resultando por ello insalubres), se hace imperioso que desarrollemos la capacidad individual de generar cambios. De no hacerlo, y fluir cómodamente con la corriente cultural, estamos comprometiendo la calidad de nuestra vida y la de nuestros seres queridos a cargo. Si miramos este hecho desprevenidamente, podríamos inferir que esa calidad no se ve ‘tan’ comprometida, siendo esto, en realidad, una percepción gestada por la -creciente- falta de contrastes de nuestro entorno. Ejemplificando:

  • Acaso ¿no todos los niños tienen alguna carie…de vez en cuando?
  • Y ¿no nos resfriamos la mayoría al menos una vez en el invierno?
  • ¿Quién no sabe que los adolescentes padecen del ineludible acné?
  • O ¿quién no conoce alguna persona que sufra de constipación?
  • Sin ir más lejos, llegada cierta edad, achaques típicos como por ejemplo la tensión arterial elevada o la artritis son un mal esperable, ¿verdad?
  • Y ni toquemos el tema del sobrepeso, infantil y adulto.

Esa es la calidad promedio de vida de nuestro –muy homogéneo- entorno, por ende, no se nos suele ocurrir aspirar a mucho más. Lo que es, es. Pero, ¿realmente tiene que serlo? O puesto de otro modo: ¿está nuestra maquinaria biológica programada así por default? La respuesta es una y contundente: NO.

En sociedades no industrializadas

Los investigadores que dedicaron su atención a este mismo tópico, llegaron a la conclusión de que la calidad de vida difería ampliamente dependiendo del estilo de vida (conjunto de costumbres) de las comunidades estudiadas, no siendo el factor genético determinante de la misma. Quizás el Dr. Weston Price sea el exponente más conocido que llevó a cabo este tipo de investigaciones, pero ciertamente no fue el único. El antropólogo Vilhjálmur Stefansson es otro gran ejemplo en esta línea de investigación.

La conclusión global a la que arribaron estos y otros investigadores, es que la calidad promedio de vida que hoy conocemos poco tiene que ver con la que resulta de mantener otro tipo de costumbres. Y es importante que nos detengamos a fijar la siguiente noción:

Son aquellas costumbres que acompañaron nuestra evolución por 2,6 millones de años, las mismas que hoy tienen el potencial de propiciar nuestra óptima salud.

Veamos muy a groso modo, de qué se trata:

Lo que sí

  • Alimento básicamente animal, con esporádicas ingestas vegetales.
  • Actividad física moderada.
  • Descanso apropiado.

Lo que no

  • Sustancias extrañas a nuestra evolución.

El último punto engloba todas aquellas sustancias que no estuvieron disponibles para nuestros antepasados durante esos 2,6 millones de años, y que fueron entrando paulatinamente a nuestro entorno, algunas de ellas tan solo 10.000 años atrás (comienzo Neolítico), otras hace apenas 500 años y las más recientes el siglo pasado. Ahora bien, a nivel evolutivo, se requieren no menos de seis cifras (cantidad de años) para que una especie logre una adaptación exitosa.

Genes paleolíticos con mentes y vidas neolíticas

Es precisamente en este marco donde ‘calidad de vida’, en tanto ‘estado global de salud’, cae muy por debajo de los estándares posibles, logrando así estar familiarizados con las enfermedades metabólico-degenerativas, con una alarmante densidad poblacional con sobrepeso, una inmunidad general asombrosamente baja, caries a repetición durante toda la vida y deterioros irreversibles de piezas dentarias en adultos mayores, y la lista -de todo esto que aceptamos sin replanteos como ineludible- continúa incansable cubriendo todas las áreas.

Propiciando nuevos hábitos

Si bien son variados los modos de transitar el camino, a continuación les propongo tres herramientas efectivas a la hora de generar nuevos hábitos:

Informarnos. Se trata de que averigüemos qué funcionó durante la mayor parte de la evolución humana. Ningún estudio actual tiene chance alguna de superar a la evolución. Teniendo mayores conocimientos podremos observar nuestras costumbres desde un marco evolutivo (con el cual debemos empezar a familiarizarnos), y así entender mejor lo que nos pasa hoy.

Organizarnos. Ir implementando cambios de a uno (o unos pocos) por vez, y darles tiempo de asentarse antes de sumar otros. Objetivos claros y puntuales.

Motivarnos. Ir registrando los cambios en nuestra salud nos motiva a seguir adelante. Tengamos en cuenta que resetear síntomas cuya expresión pudo requerir años de mantener ciertas costumbres, es parte de un proceso que también lleva tiempo revertir. Sin embargo, las mejoras fisiológicas se expresarán en múltiples sistemas orgánicos, y estar alertas a su expresión nos mantendrá en constante motivación.

Todo esto sin duda requiere tiempo y energía de nuestra parte, los cuales surgen indefectiblemente de un concepto rector: el compromiso. Éxito y compromiso son dos caras de una misma moneda, en salud y en todas las áreas. 

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