Photo por Brooke Lark en Unsplash

 

En Nutrición, uno de los pilares sobre el que se levanta el cuerpo de consensos convencionales es aquel que implica una correlación benéfica entre variedad alimentaria y calidad dietaria. A su vez, esta noción se apoya firmemente en las guías oficiales de muchos países occidentales, que recomiendan incluir gran cantidad de alimentos vegetales como cereales y legumbres por un lado, verduras y frutas por el otro. También proponen fuentes de origen animal, en un segundo lugar.

Si bajamos esto a la realidad de la mayoría de las personas, el volumen de comida industrializada que compone el rompecabezas de su dieta diaria, no es para nada insignificante.
Mirando este cuadro bajo el lente nutricional, rápidamente entenderemos el por qué de la tan remarcada sugerencia de variedad, en la que no sólo médicos y nutricionistas esmeran su insistencia, sino también el -ya adiestrado- público general.

Con estas nociones presentes, sumaremos una más, para luego entretejerlas y así tratar de entender mejor la premisa que nos ocupa:
Un alimento se dice que es nutricionalmente denso si provee una variedad de nutrientes cuya calidad y cantidad es significativa para nuestras necesidades diarias. Ahora bien: los alimentos vegetales no pueden ser considerados individualmente densos; si incuímos a este análisis los antinutrientes (sustancias nativas de muchos alimentos vegetales cuya función básicamente es defender la planta de los depredadores) y agregados industriales (agroquímicos, aditivos, etc) la situación se torna más evidente aún.

Así planteado el panorama, cae de maduro el por qué de la tan recomendada variedad de alimentos: lo que no aporta uno, (con suerte) aporta el otro. Por qué ”con suerte”? Porque los alimentos derivados de la agricultura intensiva (los que están en la mesa de la gran mayoría) son muy pobres comparados con los provenientes de otros métodos de cultivo más respetuosos con el medio ambiente.

La Naturaleza no encuadró nuestra evolución como especie en un marco alimenticio de gran variedad. Nuestros ancestros basaron su dieta en alimentos nutricionalmente densos de origen animal, y eso, nos guste o no, quedó impreso en nuestros genes, y se transluce en el estado general de salud actual de una población cuya fuente principal de energía poco tiene que ver con la que fue durante esos dos millones y medio de años en los que evolucionamos.

El punto que quiero destacar en esta entrada es el siguiente:

 

No es cualidad inherente a una buena dieta la presencia de gran variedad de alimentos, salvo que ésta se base, en su mayoría, en fuentes vegetales.

 

No pretendamos sobreescribir a la Naturaleza con la ciencia humana (mal planteada en incontables, y cada vez más, ocasiones), cuando podemos basarnos en el mejor estudio realizado hasta ahora: la evolución.

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