Hace ya muchos años, habiendo empezado a recorrer este apasionante camino de la nutrición, el tema de “lo dulce” apareció primero como una sombra difusa, que si bien reconocía su existencia, sabía que no era momento de enfrentar, pero que inevitablemente si seguía profundizando, llegaría.

Se los quiero hacer simple, al menos en esta entrada, por lo cual no entraré en tecnicismos fisiológicos. En las sociedades modernas que enmarcan nuestras vidas, existe una sobredosis de alimentos dulces si referenciamos la mirada en nuestra evolución, ergo en nuestras necesidades genéticas. O sea, como especie nunca estuvimos expuestos en millones de años (que es lo que realmente cuenta) a la miel o las frutas, ni mucho menos a cereales y azúcares del modo en que ahora lo estamos. Si te estás preguntando por qué cito a los cereales como “dulces”, lo hago porque una vez pasada la barrera intestinal, su fracción amilácea pasa al torrente sanguíneo en forma de glucosa.

Mi propósito con esta brevísima entrada es uno solo: que empieces a tomar conciencia de que comer alimentos dulces y cereales como base alimenticia, te daña.
Te comparto mi experiencia. Paulatinamente, en la medida que fui realmente entendiendo este tema, empecé a bajar el dulzor de cada preparación que solía hacer. Nada brusco; con paciencia y decisión, fue una determinación que fui implementado con amabilidad. Así es como hoy en día, más de una vez me ocurre que no puedo terminar una banana, pues realmente me empalaga. Otro hecho que evidencia el cambio es que no uso más miel ni azúcar mascabo en el diario vivir. Si de pronto he de llevar un plato a un evento, o tengo que dar una clase de cocina a quien cuyo paladar no hizo aún esta transición, entonces puedo llegar a incorporar, en cantidades austeras, alguno de los endulzantes antes mencionados. Actualmente, una almendra levemente tostada o deshidratada me resulta en sí misma dulce; o bien un chocolate con 90% cacao me es tan placentero como antes lo era uno convencional. Por último, que mis hijos prueben (muy ocasionalmente) algún producto comercial y frunzan la nariz y el ceño mientras me miran diciendo “¡qué dulce es esto!” para mí es un logro muy significativo -no se los voy a negar-.

¿Qué conclusiones vivenciales saqué hasta el momento? La exacerbada necesidad de dulzor que tenemos -en general- es aprehendida. Nuestra lengua es un órgano de hábitos.

¿Qué conclusiones vivenciales saqué hasta el momento? La necesidad de dulzor que tenemos es aprehendida. Nuestra lengua es un órgano de hábitos. Lo que antes resultaba magnífico, hoy puede no serlo, y así cíclicamente. Mi recomendación para aumentar las posibilidades de éxito en cualquier empresa que requiera un cambio de hábitos (y que no tenga carácter de urgencia) es ser amable, y saber que es un proyecto que lleva tiempo. Amabilidad y perseverancia, suelen acompañar las transformaciones que perduran.

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